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Una tarde en la habitación

Se inclina sobre él

La primera minuta transcurre en silencio. Ella se desplaza sobre las sábanas blancas. Su cuerpo se arquea sobre el del hombre. Su boca encuentra su sexo.

Una mujer se inclina sobre un hombre, con la boca en su pene

El metal de su lengua toca la piel.

Él yace inmóvil. Sus manos descansan a los costados. La habitación solo contiene el sonido de su respiración. La cadena que ella llevaba en el cuello ya no está.

Ella se mueve con lentitud. Luego se detiene. Se ajusta. Los minutos avanzan.

Cambia de posición.

Para la segunda minuta, ella gira. Se coloca boca abajo sobre la cama. La tela morada se arruga bajo su vientre. Él se mueve detrás de ella. Sus rodillas se hunden en el colchón a cada lado de sus caderas. Sus manos se posan en su espalda. Las líneas de sus tatuajes se alinean por un instante.

Ella apoya la mejilla en la almohada. Mira hacia la pared. Él permanece quieto, encajado en su postura.

El aire espeso no se mueve.

Se recuesta boca arriba

Él se separa. El cuerpo de ella se despliega sobre las sábanas blancas. Gira sobre su espalda. Las líneas negras de sus tatuajes descansan sobre la tela.

La luz de la habitación ya no le da de lleno en los hombros. Su respiración es más lenta. Mira al techo.

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El hombre se aleja de la cama. Pisa el suelo. Camina hasta el rincón. Se queda allí, de pie. No mira hacia la cama, mira la pared.

Ella no se mueve. Sus manos están abiertas a los costados. La cadena en su cuello ya no está. La piel de su vientre está expuesta al aire quieto de la habitación.

Pasan unos segundos. Quizá un minuto.

Él vuelve la cabeza. La mira. Ella sigue inmóvil, pero sus ojos ya no ven el techo. Ahora miran hacia donde él está. Sus miradas se encuentran en el silencio.

Él da un paso hacia la cama. Luego otro.

Vuelve a la cama

Él regresa desde el pie de la cama. La superficie de la tela púrpura se arruga bajo sus rodillas. Ella permanece boca abajo, la cabeza vuelta hacia un lado, los brazos extendidos. La respiración mueve levemente su espalda.

Sus manos se posan en sus caderas. Los dedos se hunden en la piel. Ella no se ajusta la posición. Él se acomoda detrás de ella. El colchón cede bajo su peso. La cadera de ella se levanta un poco, un movimiento casi imperceptible. La cadena de su cuello se desliza por la sábana blanca.

Sin una palabra

Los siguientes minutos transcurren en un silencio total. Ninguno de los dos pronuncia sonido alguno. Sus cuerpos son las únicas cosas que hablan.

  • Sus manos recorren los tatuajes de su espalda.
  • Ella entierra la cara en la almohada.
  • La tela morada se enreda entre sus piernas.
  • Él cambia el ritmo, más lento, luego más rápido.
  • Ella clava las uñas en la sábana.
  • Su pie derecho se estira, toca la madera oscura del cabecero.
  • Un gemido ahogado, el primero, queda atrapado en el algodón.

El movimiento es constante, una mecánica que no se detiene. La luz de la habitación no cambia. La mesilla de noche sigue allí, inmóvil. No hay prisa. No hay pausa.

Luego, algo cambia. Su cuerpo se tensa. Es una señal minúscula, un preparativo. La presión de sus manos en sus caderas aumenta. El siguiente movimiento es más profundo. Ella arquea la espalda un poco más, preparando el final de esta etapa.

Se para de la cama

El movimiento es simultáneo. Se separan. El colchón recupera su forma con un suspiro apagado. Ella gira, coloca las manos en el borde de la cama y desciende. Sus pies desnudos tocan el suelo de madera. Él se desplaza hacia el otro lado y se pone de pie. La cama queda entre ellos, amplia y deshecha. Un instante de quietud. La respiración de ambos es el único sonido.

Ella no mira hacia atrás. Avanza unos pasos hacia el centro de la habitación. Se dobla por la cintura, apoya las palmas en el suelo. Su espalda forma una línea recta y tensa. Lleva las rodillas hacia atrás, una tras otra, hasta quedar apoyada sobre manos y rodillas. La curva de su columna es ahora más suave. Espera.

Él rodea la cama. Sus pasos son lentos, medidos. Se detiene detrás de ella. La observa. La luz de la lámpara de la mesilla ilumina la nuca de ella, las pequeñas vértebras bajo la piel. Él extiende una mano. No toca todavía.

La pausa

El tiempo se estira. Ninguno de los dos se mueve. Ella mantiene la posición, inmóvil. Sus dedos presionan contra las tablas del suelo. Él permanece de pie, su mano suspendida en el aire, a centímetros de su cadera. Parece calcular la distancia, el ángulo.

La habitación contiene el aliento. La escena es una fotografía a punto de romperse. Todo lo anterior ha llevado a este punto: la cama vacía, los cuerpos separados, la expectativa palpable. Lo que sigue depende de un solo gesto.

Qué hacía ella Qué hacía él
Aguantaba Rodeaba
Esperaba Observaba
Mantenía la postura Extendía la mano
Respiraba Calculaba
Miraba al frente Detenía el movimiento
Pressionaba el suelo Suspiraba

Finalmente, la mano desciende. No sobre la cadera, sino cruzando su torso. Su brazo rodea su cintura. Es un abrazo incómodo, torpe desde atrás. Su pecho se apoya contra su espalda. Ella no se encoge, no se ajusta. Recibe el peso. Su cabeza se inclina ligeramente hacia un lado. Es un contacto que busca anclar, afirmar una posesión que ya no está en la horizontal de la cama. La quietud se rompe, pero la tensión permanece.

Él ajusta su brazo, apretando con más fuerza. Su otra mano aún no toca. Ella cede un poco bajo la presión, su espalda se arquea de otra manera. Es un gesto que une, pero también que inmoviliza. Define un nuevo equilibrio, más precario. El siguiente movimiento los llevará más lejos aún de donde empezaron.

Sus manos en sus caderas

Él coloca las manos en sus caderas. Sus dedos se hunden ligeramente en la carne. Ella permanece quieta, apoyada sobre manos y rodillas.

La respiración de él es lo único que llena la habitación.

Luego, la presión de sus manos cambia. Guía su cuerpo, un movimiento leve hacia atrás. Ella cede al impulso, un ajuste casi imperceptible. Sus palmas están calientes sobre su piel.

Así permanecen un minuto. O dos.

Después, él retira una mano. La otra se queda, anclada en su cadera derecha. Con la mano libre, toca su espalda. Traza una línea desde la base del cuello hasta donde la tela morada se arruga en la cintura de ella. Ella baja la cabeza.

La mano en su cadera aprieta de nuevo. Es una señal. Ella se desploma hacia adelante. Los brazos se le doblan y el torso cae sobre la cama. La mejilla queda apoyada en la sábana blanca. Él se acomoda detrás de ella.

Se tumba sobre su espalda. Todo su peso la aplasta contra el colchón. Ella gira la cabeza hacia un lado para respirar. Su pelo oscuro se esparce sobre la almohada.

Él entierra la cara en su nuca. Su brazo rodea su torso, la mano agarra su costado. Quedan inmóviles. La tela morada está enredada entre sus piernas. El cuerpo de él cubre por completo el de ella.

Pasan así varios minutos. La habitación en silencio.

Una mujer yace boca abajo, con un hombre detrás de ella

Se arrodilla frente a él

Ella se desplaza hacia el borde de la cama. La espalda se arquea mientras desciende al suelo. Sus rodillas encuentran la alfombra. El cuerpo del hombre la sigue. Él se pone de pie junto a ella.

La nuca de él. El empeine de ella. El blanco de la sábana arrugada.

Sus manos se posan en sus caderas. No las aprieta. Solo las sostiene. Ella inclina la cabeza hacia adelante. Su boca se abre. Su lengua toca la piel. El hombre se mantiene quieto. Respira. El aire llena el pecho y sale.

Un minuto.

La cadera de él se mueve hacia delante. Un movimiento leve, casi imperceptible. Ella no se retira. Su boca se ajusta. Los dedos de él se hunden un poco más en su piel. Los músculos de sus brazos están tensos. La habitación guarda silencio.

Esa es la última posición. La boca de ella sobre el cuerpo de él. Él de pie. Ella arrodillada. La cama deshecha a sus espaldas. Así permanecen. Hasta que el tiempo se acaba.